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SIN CONTROL

Lidiar con las profundidades insondables de nuestros afectos es una ardua tarea, preferimos situarnos en nuestra mente concreta donde nos sentimos seguros, podemos razonar y analizar, pero desentrañar los contenidos de nuestro mundo afectivo lleno de emociones ambivalentes, a veces nos consterna. Emotividad no vivida pero si sentida con una carga pulsional que se libera en nuestro sistema sin control.

La agresividad fue muy importante en el pasado de nuestra especie para sobrevivir, es la forma de defendernos frente los conflictos, pero el encubrimiento personal de la agresión suele producir motines psicológicos.

Esta rabia velada sin elaborar, suele estar en el núcleo central de la mayoría de nuestras dificultades, esta energía que no hemos podido transformar, se convierte en destructiva si podemos sacarla hacia fuera o en autodestructiva si la dirigimos hacia dentro. Como seres dotados de inteligencia, no contemplamos nuestros instintos ancestrales, anclados en las profundidades de nuestro cerebro, los cuales dotaron de supervivencia a todos nuestros antepasados, una herencia filogenética que nos ha conducido a lo que ahora somos. El precio de este salto evolutivo es nuestra neurosis, no podemos entender estos mecanismos viscerales pero debemos sublimarlos, debemos contactar con esta pulsión reprimida, trabajar con esta energía en bruto y dotarla de dirección y sentido.

La agresividad que habita en nosotros no nos deja comunicarnos, seguimos estando en la demanda afectiva de los primeros vínculos, cuando recibimos afecto aparece la carencia y sale esta agitación sin gobierno. Domar a la bestia no es fácil, quizás asumiendo su existencia escuchando que tiene que decir, podremos transformar toda la agresividad sin control, en una energía productiva en nuestras vidas, es la semilla para la acción pura debemos ser nosotros quienes guiemos hacia donde queremos plasmarla.

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EL PODER DEL VÍNCULO EN TERAPIA

Cuando el dolor se instaura en nuestro proceder y el sufrimiento se torna insoportable nos sentimos impotentes para restaurar el equilibrio perdido, intentamos entender como perdimos nuestro fluir en el vivir, como nuestras partes que conformaban una sólida imagen empezaron a mudar en piezas fragmentadas, desdibujando nuestra coherencia en esta realidad. Es el momento en que precisamos una visión diferente, una nueva perspectiva desde donde enfocar nuestra dinámica vivencial y como no podemos aprehender nuestra propia subjetividad, hay que añadir distancia a nuestro enfoque reducido y parcial.

El terapeuta nos brinda la posibilidad de reordenar y discernir nuestros síntomas, de nombrar lo omitido y de consentir nuestra parte más visceral de nuestro psiquismo, convirtiéndose en un catalizador que transmuta nuestra incapacidad y sufrimiento, en confianza y entendimiento para conseguir nuestra propia curación.

Pero el acto de sanar solo nos pertenece a nosotros, el terapeuta ofrece su empatía para llegar al otro, sin juicios sin expectativas y restaurar la confianza en la autocuración, siendo el vínculo más poderoso que existe el afecto, a través de él, se transmite todo el sostén emocional que una persona dañada necesita. En terapia podemos brindar nuestro saber, nuestra técnica pero al final lo que consigue que alguien se mueva de su desazón es el vínculo.

Éste consigue que las resistencias desaparezcan y se pueda transferir lo reprimido, lo que no consta, en un acto vincular donde el terapeuta a cambio, devolverá estructura y entendimiento empático, posibilitando la conexión de nuestros significados y dando coherencia a toda nuestra historia. El terapeuta en la comprensión y aceptación total del dolor legítimo de su paciente, brinda la posibilidad de que éste pueda conocer su mundo íntimo fragmentado y disociado, reconstruyendo una nueva historia que incorpore todo lo no nombrado y autosanando todas las heridas contraídas.

Finalmente el reflejo en el Otro amparador nos enfrenta con nuestra propia imago que ha recobrado toda su nitidez y cohesión perdida.

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EL INCONSCIENTE

El mundo emana y cobra sentido de lo intangible, de algo tan etéreo como nuestra mente, que formatea los conceptos para que podamos descifrar una realidad llena de datos listos para interpretar, en este mar de frecuencias la existencia se recompone como un lienzo donde plasmar nuestras creaciones. Nuestro intelecto que analiza, dirige y obra procura una evolución segura, pero desvelamos propósitos ocultos en nuestras acciones, desconocemos su fundamento pero percibimos sus efectos, algunos muy perturbadores.

Lo inconsciente, lo oculto tan irreal nos parece que lo vivimos como ajeno, que no nos pertenece, una dimensión desconocida de nuestro psiquismo que deja su rastro pero encubre su procedencia, una zona desconectada de nuestro fluir, un vacío que existe en alguna parte, esta energía que un día se utilizó para no sufrir se resiste a ser observada, para proteger lo reprimido y preservarnos del dolor.

En nuestra temprana edad no pudimos ser lo suficientemente fuertes para elaborar todo el daño y la aflicción que vivimos, son las emociones que desbordan nuestra psique, las cuales no podemos entender ni sublimar y nos dejan una impronta tan lacerante como es el trauma. En esta parte donde se asienta lo más visceral nuestro, no existe el tiempo, los conflictos no resueltos se repetirán constantemente, se plasmarán con sigilo en nuestra historia hasta que les demos un final.

La ansiedad, esa sensación sin demarcación es un aviso de que algo no funciona dentro de nosotros, no podemos razonarlo porque el inconsciente no elabora sus contenidos, solo detrás de lo que pensamos, como en entrelíneas, podemos vislumbrar su simbólica disposición. Debemos descifrar por qué nos habla y allí encontraremos las claves para recomponer todas esas emociones inconexas de nuestra existencia.

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